Currículum Vitae

"La Revolución es una App" comparte el trabajo de una vida.

Posted by Juan Zaragoza on September 01, 2022 · 11 mins read

“La Revolución es una App” comparte el trabajo de una vida.

Hace casi diez años, en una clase de historia en la secundaria, la profesora expuso distintas explicaciones de la invasión Nazi a Polonia. Cuando llegó a la interpretación marxista, me desilusioné: según la clase, se trataba exclusivamente de una necesidad de adquirir recursos naturales del país vecino. No me convencía; la ideología Nazi comprendía la propuesta del Lebensraum, el supuesto derecho de los pueblos germánicos a colonizar Europa del Este, y por lo menos eso me parecía importante como causa de la invasión.

En ese entonces, mis compañeros de banco y yo éramos marxistas militantes. Poco convencidos con la explicación que daba la postura que adoptábamos, respondimos naturalmente defendiendo nuestra posición: “esa no sería la interpretación marxista”. La discusión posterior giró en torno a la tesis (propuesta por el marxismo) de que las cuestiones ideológicas y políticas eran determinadas por factores materiales, y al nivel de linealidad con que dicha determinación podía plantearse.

Eventualmente, la profesora logró convencerme de que para el marxismo, esa determinación funcionaba del modo simple que en un principio me había negado a creer. Desde entonces me propuse estudiar y entender cómo funciona en realidad, ya que la interpretación marxista no me era convincente.

Tal pregunta orientó mi decisión de carrera. Decidí estudiar filosofía y psicología. Filosofía, con la intención de aprehender la capacidad de construir conceptos y teorías, y psicología porque consideraba que el modo en que el sistema nervioso determina los pensamientos era una buena analogía de lo que buscaba: una forma de determinación que existía en la realidad, pero que no era lineal sino compleja.

Con el tiempo y las lecturas, comencé a ver otros límites de la teoría marxista, especialmente para comprender diversos aspectos del mundo digitalizado, relaciones de propiedad sobre los datos y plataformas digitales en general. Con estas observaciones crecía mi necesidad de encontrar una alternativa satisfactoria, que pudiera rescatar las intuiciones y objetivos de Marx (entender al mundo para mejorarlo) sin los problemas predictivos y prácticos de su teoría.

En ese momento, y con la conciencia de que la tarea no podía darse en soledad, fundamos, junto a varios colegas, el colectivo Filosofía del Futuro. Por la complejidad del mundo actual, considerábamos que la resolución de problemas de ese tipo requería del pensamiento e intercambio colectivo e interdisciplinario. En consecuencia, construimos un espacio de desarrollo teórico y divulgación de temas filosóficos, políticos y tecnológicos marcado fuertemente por la actualidad y la ambición, en el contexto de una carrera de Filosofía que estaba más asociada al estudio riguroso de autores que a los problemas filosóficos más pertinentes de nuestra época.

Tras un año de estudiar psicología, observé que el aspecto que más me interesaba de la misma era el modo en que se entendía e investigaba la relación entre el sistema nervioso y el pensamiento, y no esa relación particular en sí. Dado que tales estudios estaban fuertemente ligados al modelado computacional, tomé quizás la decisión más importante de mi vida: dejé psicología para estudiar computación, carrera que estudié como si fuera una rama de la filosofía, y que, con el ostensible poder de aquella nueva disciplina, aportó las herramientas necesarias para responder satisfactoriamente mi pregunta.

La efervescencia intelectual en torno a Filosofía del Futuro fue una de las experiencias más estimulantes e impactantes de mi vida, y me llevó a conocer gente y movimientos de especial interés. Hubo tres momentos de especial impacto.

El primero fue dictar el primer curso de filosofía de la inteligencia artificial de nuestra universidad. Envalentonados con el hito, decidimos hacerlo a nuestro modo, y orientamos una buena parte de las clases a los efectos éticos y políticos de las diversas decisiones en el diseño de sistemas. Un análisis especialmente interesante fue el de estudiar los efectos de establecer modelos desde abajo (bottom-up) en oposición a los modelos desde arriba (top-down). Tales reflexiones se probarían fundamentales para el análisis ético y político de los sistemas económicos, y en particular de la teoría marxista.

El segundo fue la participación de la primera residencia de la Red Latinoamericana de Tecnologías Libres en la ciudad de Porto Alegre, en que nos quedábamos hasta la madrugada conversando sobre modos alternativos de organización, autonomía y cambios de sistemas, soñando construir un mundo mejor. Aquella experiencia aportó ideas y reflexiones cruciales. Por otra parte, ofreció propuestas de modos de trabajar alternativos a una academia que presiona por reducir ambiciones, y fue la puerta de entrada a movimientos similares como los espacios hackers o la agroecología. Allí encontré interlocutores indispensables para llegar a las respuestas que necesitaba.

Al volver a Buenos Aires, entusiasmado con la experiencia en la Universidad de Río Grande do Sul y la importancia de tejer redes para cambiar al mundo, comencé a trabajar para construir en nuestra universidad un laboratorio similar al que tenían allá. Armamos un equipo junto a miembros y fundadores de la Red de Tecnologías Libres, y eventualmente conquistamos la posibilidad de hacerlo. Al llegar el verano de 2020, colegas del laboratorio de Brasil vinieron a Buenos Aires a ayudarnos a poner el nuestro a punto, y volvimos a conversar sobre modelos alternativos de la economía. A partir de ese intercambio, comencé a estudiar cibernética en profundidad, una disciplina especializada en el diseño de sistemas y la garantía de que estos funcionen tal como se espera que lo hagan. Este conocimiento prestó las herramientas fundamentales para criticar los sistemas políticos y económicos conocidos del siglo XX.

Ese mismo verano entré en contacto con una pieza icónica de la historia de la cibernética: el caso de Cybersyn, el proyecto de Allende de controlar la transición pacífica al socialismo por vías de la cibernética. Asimismo, me maravillé con el trabajo de Stafford Beer, quien había coordinado el proyecto e investigado la aplicación de los principios cibernéticos para diseñar mejores sistemas económicos, sociales y de gobierno.

Al mismo tiempo, comenzaba en Chile el levantamiento popular que derivó en la actual reforma constitucional. En dicho contexto, tuve la oportunidad de conversar con quien había gerenciado el área de software de Cybersyn. El área de software se encargaba de procesar los datos que llegaban y de diseñar sistemas informáticos para conducir adecuadamente la economía. En aquel diálogo, encontramos una serie de puntos de acuerdo: El proyecto de Cybersyn podía fortalecerse, igual que el del marxismo y tantos otros sistemas de diseño top-down, si se incorporaba en los modelos la complejidad de los fenómenos que pretendían modelar.

Al terminar aquel verano, llegó a la Argentina la pandemia de Covid-19. La universidad se cerró y el proyecto del laboratorio se canceló. Tras unos meses de desgana y decepción, comencé a dedicarme a tiempo completo al desarrollo teórico.

A esta altura, ya estaba convencido de que los sistemas económicos, para ser libres, debían ser diseñados desde abajo y ser robustos. Para hacerlo, hacía falta un marco teórico del sistema actual que tuviera esas propiedades, porque el marxismo no las tenía: su principal unidad de análisis no eran los individuos, sino las clases sociales. Mi objetivo era rescatar las conclusiones del marxismo sin necesidad de apelar a la existencia de clases sociales, y comprender y explicar los problemas del mercado (especialmente la tendencia del poder a concentrarse en pocas manos) sin necesidad de construcciones metafísicas disputables, a fin de usarla como marco para identificar un sistema mejor.

En esa búsqueda, nada de lo que leí me era del todo convincente, pero en todo encontraba puntos de acierto y aspectos rescatables. En la conjunción de lecturas sobre dinámicas en redes sociales y fenómenos emergentes, así como en el análisis funcional e informático de la actividad de diversas organizaciones, obtuve la respuesta que buscaba en la dinámica de liderazgo o gestión de redes.

Esa dinámica terminó siendo mucho más explicativa de lo que esperé. Con una simplicidad avasallante, respondió mi pregunta de modo más satisfactorio de lo que jamás había esperado. No sólo mostraba cómo el capital se concentraba, sino que ponía en evidencia la forma general de la explotación en cualquier etapa de la historia, y explicaba los fenómenos actuales que la teoría marxista no podía. Además (y quizás lo más sorprendente) mostraba en qué y por qué falló predictivamente la teoría marxista, sin dejar de rescatar los objetivos de la misma. En su generalidad, lograba describir el patrón general en los procesos de cambio de sistemas económicos (de modo diferente al del marxismo), y por consiguiente, qué significaría cambiar de sistema económico hoy y cómo se podría llevar a cabo dicha tarea.

Finalmente, tales ideas fueron redactadas en el libro “La Revolución es una App”, que muestra algunas conclusiones políticas de ese camino, como primera parte de una serie de textos destinados a exponer el impacto de la visión informática en diversas áreas.

Durante casi diez años, invertí mi tiempo y estudio en lo que parecía un sueño imposible. Hay pocas sensaciones tan placenteras como la plenitud de ver que todo ese esfuerzo llegó a buen puerto.

El libro comparte un trabajo que recién comienza.